miércoles, 2 de mayo de 2007

El Mito y el Rito

[El siguiente escrito es el primero de una serie de tres artículos que sigue en El Mito y el Rito parte II: la distancia mítica y concluye en El Mito parte III: Cosas Imposibles]

-¿Qué es el rito?

El rito es la reinterpretación del mito, la puesta en movimiento que lo actualiza. Surge como una necesidad: el mito es visto y vivido por pocos (o nadie, dado su caracter mítico) y la tradición oral puede no alcanzar para la subsistencia del mismo. Por eso se toma la idea original expresada en la narración mítica, se corren los ejes del espacio-tiempo, necesarios por la diferencia con el hecho original, y se actualiza la historia. El rito usa un conjunto se símbolos para expresar y modificar el contenido del mito que revive, por lo que el contenido y significante del mito original varía según quien lo rescate para las nuevas generaciones.


Cuanto más cercana es la representación ritual a lo literal, mejor se preserva el mito. Un caso es el de la maratón, una carrera de 42 kilómetros que conmemora al soldado griego Filípides, quien corrió desde la platea de Maratón hasta Atenas, para anunciar la improbable victoria ateniense sobre los persas. Cada vez que se corre esa distancia (que en realidad fueron 40,8 km, aunque lo más lógico y probable fuera un camino alternativo de sólo 32), se está actualizando a Filípides, mateniendo vivo el mito, que en principio resaltaba el sacrificio desinteresado y hoy eleva el sacrificio y la autosuperación deportiva.

Luego nos encontramos con los ritos que por su afan de actualización y razones de marketing o proselitismo, pierden contacto con el mito original. Poco tiene que ver el nacimiento de Jesus festejado el 25 de diciembre (corrido tal vez días, tal vez haya sido dos años antes) con la Navidad, un cocoliche y arrejuntamiento de fiestas paganas (para ganar fieles) presidido por Papa Noel, quien además de responder a tradiciones disímiles ha sido procesado por la
trituradora publicitaria de diversas multinacionales. Como resultado, la Navidad es un rito difuso que poco tiene que ver con la natividad, y sólo quienes se lo proponen en serio pueden hacer la conexión.

La historia argentina moderna se encuentra repleta de mitos, abonados con paciencia por un deficiente manual del alumno bonaerense, la subterraneidad de la leyenda y la eterna fricción entre oficial y real, batalla inconclusa de vencedores y vencidos. En consecuencia, no conocemos ni por asomo qué pasó, y nuestros ritos son un reflejo de ello. Nuestra independencia inicial se la debemos a nueve señores de frac y galera argumentando boludeces con acento dieciochesco y a doscientos extras que hacen las veces de mazamorreras, negros, vendedores de empanadas, serenos, más negros, faroleros, gaudelios vagos y criminales, granaderos a caballo de una escoba y pequños vástagos émulos de french y beruti repartiendo cintitas. He aquí el nucleo del karma del argentino incomprendido, ya que jamás se podrá entender como esa acumulación de levedades puede hacer a la independencia de un país, pero así fue y así nos lo enseñan. En éste caso, el mito es tan poco claro que el rito no sabe a qué atenerse.

Tal vez por éste pecado inicial, nos encargamos, ya entrado el siglo XX de querer historiar todo lo posible, haciendo archivo, guardando imágenes, prestando testimonio, escribiendo libros. No vamos a dejar que la historia se nos escape de las manos. A partir de entonces, tendremos unas ciencuenta versiones por cada hecho, no sea cosa de que se nos escape ninguno. Desde el 17 de octubre para acá, nos peleamos por el falo que permita imponer nuestra versión para ritualizar como Perón manda. Recordemos que el rito es la actualización del mito, y quien se adueña de él puede imprimirle el tono, los símbolos, los significantes que desee. Por eso, nos hemos asesinado por generaciones en pos de nuestra verdad, siempre respetando la rigurosidad y objetividad obligatorias, no sea cosa de establecer algo y lograr que alguien deje de matarse por ello.

Nuestro espacio ritual fetiche es, por supuesto, la plaza de mayo, escenario central de nuestra tragedia, al que rodeamos como coreutas en busca de revivir al mítico Golem. Lo único que cambia es el tiempo mítico, ya sea 17 de octubre, 24 de marzo, o 9 de julio. Hoy en día creo que ya es imposible lograr un acuerdo sobre lo ocurrido el 20 de diciembre de 2001, no más de un lustro atrás. No obstante seguimos acudiendo a la imantada fuente de maná, porque la razón de ser principal del rito es revivir el mito para que su fuerza originaria nos inunde y tal vez se apegue hacia la causa de quien la llama. De invocarse propiamente, a través del oráculo, los objetos celestes se alínean sobre el héroe y lo hacen invencible. Por suerte, quienes suben al escenario son dueños de una pésima hechicería que les impide lograr su objetivo.

[El escrito anterior es el primero de una serie de tres artículos que sigue en El Mito y el Rito parte II: la distancia mítica y concluye en El Mito parte III: Cosas Imposibles]

2 comentarios:

Bicho Reactor dijo...

Mañana es San Perón, dijo Mariano Plotkin y Dominique Wolton habló sobre los rituales políticos..
Todo un recuerdo de mis lecturas de pequeña saltamontes universitaria... cuando todavía no me hacía adicta al actimel de frutos del bosque

Bárbara dijo...

que post mas academico! :)
mis rituales obsesivos: fijarme todo el tiempo si tengo la cartera encima..... etcetc