domingo, 5 de septiembre de 2010

Animal de radio



Dedicado a Juan Pablo, el verdadero animal de radio.

Promediaba el año 2000 y yo tenía, digamos, 13 años. Estaba haciendo la tarea en la cocina, un sábado a la tarde, con mi vieja y con mi abuela. Me había criado en el imperativo cultural menemista que establecía el centro neurálgico del hogar frente a la televisión. Pero mi vieja se dio cuenta de que no le prestaba nada de atención a la tarea, aunque lo que estuviera en pantalla fuese Útilísima satelital. El mandato familiar fue unánime: te vas al comedor; ahí no hay TV para que te distraigas.

Y me instalé nomás con todos mis bártulos en la mesa de roble macizo del living. Me senté y me puse a mirar a la pared. Faltaban muchos años y fracasos para entender que estudiar no era lo mío, pero entonces no lo sabía y todavía luchaba contra el desinterés, la paja, la falta de atención o lo que fuese. En eso estaba cuando lo vi: un minicomponente JVC casi nuevo; un equipo que reproducía casettes, tres bandejas para CD's y, lo más importante, radio AM/FM.

Hasta entonces, la radio era para mí el hermano bobo de la televisión, algo que se escuchaba cuando no te queda otra, cuando viajas en auto o trabajabas en un taller mecánico, una margarina a la manteca televisiva. Pero ahí estaba, necesitando un placebo para mi abstinencia catódica. La prendí, y busqué -acaso por herencia paterna- el 95.9, la Rock & Pop. Y empezó la magia. Desde temprano, Cuál Es, que era todo lo que debía ser: rock, mucho rock, un Eduardo de la Puente en su pico creativo post-químico, y un Pergolini que ya había dejado CQC por primera vez, pero todavía seguía siendo Pergolini con todo lo que ello implicaba, y no el significante vacío que es ahora. También estaba Gantman, que hablaba de fútbol para quienes en el fondo no les gustaba el fútbol (a él tampoco le gustaba). Los guionistas y sus radioteatros estaban on fire. Y para rematarla aparecía Alfredo Rosso, que de música sigue sabiendo una bocha. A las 13 arrancaba Day Tripper, pero ese no lo escuchaba porque me embolaba bastante, porque todavía no era indie (?) y porque a esa hora estaba en el colegio.

Después venía Tarde Negra, la gloria entre las glorias, con una Vernaci en su mejor momento, y al principio también con Fernando Peña en la cúspide, aunque duró poco: enseguida se fue y lo reemplazó Tortonese, que no por eso era malo ni peor. También aparecían Barragán. A las 19 llegaba Animal de Radio, que era una entelequia inentendible -para mí- de personajes y discursos partiendo de la garganta inmensa del genial Lalo Mir. Nunca terminaba de escucharlo, por lo general lo interrumpía la cena familiar.

Así se me pasaron los días de adolescencia y secundario. Tuve una adolescencia de mierda, en resumidas cuentas. ¿Quién no?, se preguntarán, con razón. Todos la tuvimos, pero la mía era demasiado solitaria y ermitaña. Iba de casa al colegio y del colegio a casa. No salía mucho los fines de semana. No salía, los fines de semana. Las noches de sábado por lo general las pasaba encerrado, exprimiendo una conexión telefónica de 28 kbps. La PC estaba estratégicamente ubicada en un pasillo que conectaba a todos los cuartos, y por ende toda mi familia escuchaba el modem inapagable. En un banquito, al costado, ponía el equipo de música y sintonizaba la fenecida Gen 101.5, que los sábados a la noche pasaba Abre la disco, un playlist perenne de los clásicos setentosos que pasaban primero en Studio 54 y después en el club de barrio en el que se conocieron tus viejos hace tres décadas y que ahora es un shopping, un triplex, o simplemente cerró. Y así se me pasaba la vida, entre chocolate, internet (la proto-internet) y la radio recordándome una vida que no tuve y que acaso fue mejor.

En eso estaba más o menos un 20 de diciembre de 2001. Había terminado de rendir, ya nada me importaba en la vida, había escuchado el discurso de De la Rúa, pero ¿qué? A los 15 la apatía es una declaración de principios. Estaba tirado en la pileta, escuchando a la Negra, cuando todo empezó. El desastre llegaba por las ondas y el aire, y todo parecía irreal. No recuerdo muy bien cómo pasé ese verano. Creo que fue un largo sábado: pegado a la radio, pegado a internet.

Recuerdo con toda claridad una noche larga, en el largo verano de 2002, en la que no me podía dormir. Faltaba mucho para que empiece el porno XX de The Film Zone -hablamos de pornografía en la era pre-banda ancha-, y no tenía nada mejor que hacer que prender la Rock & Pop. Estaba Alejandro Nagy, el (ex) gordo Nagy, la voz de la Rockypop, con su programa nocturno que escuché pocas veces y cuyo nombre no recuerdo (¿Tiempos Violentos?¿Nagysaki?) La convención de las tribus (Gracias Fede). Nagy contaba que había tenido una reunión de consorcio, y que le parecía que la gente exageraba sobre esos encuentros, dado que él había vivido en una casa de un barrio conurbano en el cual los vecinos se puteaban a diario por la medianera, llegando a convocatorias policiales. Y mientras el gordo narraba anécdotas infantiles y ponía metal al palo (nunca me gustó mucho el metal), me sentí un poco menos solo.

Pasé casi todo 2002 encerrado en un baño, mientras alrededor todo se derrumbaba o incendiaba. Me metía en el baño a la noche y no salía hasta que no terminaba Cucuruchos en la frente, acaso el último programa bueno de Fernando Peña. Mientras yo me peleaba con el bidet y el secador de pelo, Peña se le plantaba mano a mano al cáncer y al SIDA. Pero en ese entonces yo no lo sabía, y sólo puteaba cada vez que en lugar de los personajes de Peña aparecían Ripoll y Wainraich con Dos tipos audaces. Igual me sentía un poco menos solo.

El resto de mi adolescencia estaba todas las tardes al pie del cañón con Tarde Negra. La Negra era como una segunda maestra, una tercera madre, y venía a complementar la educación que me negaba a recibir en el colegio. Buena parte de mi formación ocurrió de lunes a viernes de 17 a 19 por la 95.9. Me reía con Tortonese y Barragán, me calentaba con la Negra, me gustaba la música y, en definitiva, me sentía un poco menos solo.

Un día crecí, terminé el secundario, conseguí otros amigos, conseguí laburo, y por temas horarios casi no pude volver a escuchar la radio. En su momento también incursioné por la Mega, Amadeus, la gloriosa y desaparecida Kabul (que murió de injusticia, porque pasaban la mejor música que escuché en la onda media) y FM Urquiza, tal vez la mejor radio para escuchar de fondo y soñar con un piso neoyorquino, un parque parisino, o un tugurio de Chicago mientras se plancha la ropa.

Pero nunca olvidé a la Rock & Pop, y el amor por la radio que le debo. Hoy la vuelvo a escuchar y -como bien señala una amiga- nada cambió. Está bien. Está bien que nada haya cambiado. A veces uno necesita de esos lugares en los que todo siga igual. Un hogar, un refugio, un río en el cual bañarse dos veces. Lugares que puedan salvarte la vida un sábado a la noche, aunque la noche y el sábado sean otro y tampoco te sientas tan solo.

De esos años me quedan dos cosas: por un lado, unos 20 casettes (sí, casettes) que grabé con diversos fragmentos de todos los programas que me gustaban, y que todavía guardo. Por el otro, la edición 87 de la Rolling Stone, dedicada a la Rock & Pop. La nota de tapa la firman Pablo Plotkin y Daniel Jiménez. El primer párrafo dice algo así:

Mucho antes que la televisión, la radio estableció la mentira como arma de comunicación masiva. Y no hablamos de la famosa treta de Orson Welles de hacerle creer a un granjero de Idaho que una flota extraterrestre estaba a punto de asolar su cosecha. No hablamos sólo de manipular información, falsear noticias o adjudicar coordenadas remotas a un móvil emplazado a pocos centímetros del operador de sonido. Hablamos de un tipo de mentira más ambigua y profunda, la que sostiene la magia de la radio: vos me escuchás, yo te escucho, la ciudad nos escucha, y hacemos de cuenta que no estamos tan solos.

Autor de la foto.

9 comentarios:

pablo santiago navajas dijo...

que buen escribidor resultaste ser. @pnavajas

l e a n_ dijo...

Me pasó exactamente lo mismo con la radio, la descubrí a los trece años, pero mis trece años eran en 1997, también con Rock & Pop liderando, Cuál es?, no entendía Day Tripper, la gran Tarde Negra, Peña, los programas nocturos....
Ojalá le este pasando lo mismo a los de 13 años hoy en día, todo sigue igual, todo cambió...
La mentirosa radio no nos deja solos....
Gracias por el post.

Anónimo dijo...

el programa de Nagy podría ser "Tiempos Violentos".
La Rock&Pop es como el colegio secundario: los estudiantes/oyentes pasan los profes, preceptores, animadores son los mismos (y hacen lo mismo)

Anónimo dijo...

Muy buen post, en serio.
Supongo que somos muchos los que nos identificamos con lo que contas. Yo empecé a escucharla a los 15, en 1997, empecé con Cuál es? y Se nos viene la noche, hoy sigo escuchando sólo Tarde Negra.
Fue una radio innovadora al ser una fm en la que la palabra tiene un rol muy protagónico, en la que la música no es todo, algo atípico en los orígenes de la fm que era sólo musical. Y eso la convirtió en una buena compañía en los ratos de soledad o aburrimiento.

Tomás dijo...

Tá bueno este.

yo dijo...

El programa de Nagy era tiempos violentos, cuando yo lo empecé a escuhar (fines del 98) iba de 11 de la noche a 2 de la madrugada, y lo hacía con Gustavo Olmedo. Se colgaban horas y horas hablando al pedo y morfando en vivo, un delirio.

Lindo post, mucha nostalgia

Nacho dijo...

Depende lo de Nagy. Si era con Olmedo era Tiempos Violentos. Pero nunca condujo Nagy solo ese programa (salvo, quizás, algún día en que faltara Olmedo). Quizás te referís a Nagyzaki, uno que ya iba bien de trasnoche, 2 a 6.

Yo nunca escuché a Pergolini (escuchaba a Peña en La Metro cuando vos lo escuchabas a él) pero mi historia es parecida. Lindo post.

Fede dijo...

A los 13, también, empecé a escuchar Rock & Pop. A esa edad me enamoré de Day Tripper, más tarde de Cuál es?, un poquito después de Tarde Negra, y luego del resto de la programación.

El programa que conducía Nagy en el 2002 era "La convención de las tribus", lo escuchaba dormido. Inolvidables madrugadas de oyentes que se comunicaban con los efectos de sonido del operador Seybuk.

Cucuruchos en la frente, programón. Lástima que Peña odiaba hacer radio a la noche y faltaba mucho al ciclo.

Ante Todo Mucha Calma era un delirio, después vino De hoy no pasa...

En fin, tantas horas de adolescencia dedicadas a esta radio que supe disfrutar en su etapa PostGrinbank.

Saludos, gran post.

Faco dijo...

Sos un groso, Fede, ahí cambié el post. Gracias.