Publicado en Artepolítica
No hace falta pertenecer a su iglesia. Ni siquiera hay que creer en Dios, en alguna forma de trascendencia, o en alguna existencia celestial o paranormal más allá del mundo físico. Pero la condición excluyente de ser argentino es creer en la divinidad, en la superioridad, en la inmensidad, de Diego Armando Maradona.
¿Queda algo para contar sobre El Diego que no se haya contado ya? ¿Es necesario repetir la historia de su vida, esa remontada cósmica a la inmortalidad? ¿Hace falta, cuando en todo el mundo la palabra "Argentina" es siempre sucedida, aunque subordinada, al nombre revelado, "Maradona"?
La historia argentina, la historia de los argentinos, es pequeña y mezquina. Tenemos pocos grandes personajes que hayan sido marcados por el "óleo sagrado de Samuel", que lleven tatuado en la frente el camino del héroe. Toda persona tiene una historia que merece ser contada, pero hay pocas historias grandes, épicas de verdad. Acaso sólo tres: San Martín, Perón, y Maradona.
Es Maradona un ídolo con los pies de barro, pero no porque se haya derrumbado en polvo. Tenía los pies literalmente metidos en el barro cuando llegó a nuestro mundo, a Fiorito, ese "barrio privado" ("privado de luz, de gas, de teléfono..."). No tuvo una concepción inmaculada en ese establo de la Belén del conurbano sur. Y su llegada estuvo señada acaso por su propia estrella.
Diego, "el pelusa", era un pibe petiso y algo retacón. ¿Pero importaron acaso alguna vez las limitaciones de nuestros héroes? No, y menos en el fútbol. Pelé tenía pie plano, Valderrama los pies torcidos, y Garrincha era chueco, con una pierna más larga que la otra. Dieguito aprovechaba su físico para escurrirse entre las piernas de todos los pibes de los potreros de Lanús. Flameaba al viento con la lengua afuera, en esos potreros, mientras muchos comenzaban a ver que ese pibe era algo distinto. No corría -nunca necesitó correr-; más bien flotaba por la cancha, eludiendo a dos, tres, mil rivales consecutivos para meterse adentro del arco con pelota y todo. Esa pelota -cualquier pelota, lo mismo valía una número cinco que una mandarina o un par de medias enrollado- que se llevaba hasta la cama, que era una extensión de sí mismo.